• Cádiz en la mochila, a vueltas por el paraíso.

    De los Alemanes a Bolonia.

    Faro de Gracia.

    Hace algún tiempo que me propuse una locura. Plasmar un camino de arena, llevándolo a letra impresa.

    Contar desde el punto de vista del pescador de a pie, lo grandioso de un sendero intimo que solo puede ser vivido, y comprendido, por aquel que llega amar esta tierra hasta hacerla formar parte de sí mismo.

    Pero nunca he sido ambicioso. O, al menos, no demasiado.

    Cádiz, viento de culturas y universal en concepto, merecía mucho más que una única visión. Sin duda, muchísimo más que una parca vivencia personal.

    Esta tierra, generosa en historia y cuna de mil pueblos, exigía más que eso. Por eso me propuse que, en esta singular ruta, me rodeara la visión de amigos qué unidos en la misma pasión, objetivarán una misma realidad. Y, de esa riqueza plural, de ese concepto de intentar ver a través de otros,  se parieron las letras de Cádiz en la mochila.

    Ha sido un sendero largo, trabajo de varios meses, producto de cientos de fotografías y de mil correcciones pero que, lejos de agotar, me hacen ver mi trozo de Cai con renovada admiración.

    Pero todo camino ha de tener destino aunque, ladrón de vientos, el nuestro pretende ir más allá.

    Esta última etapa quiere ser solo, relevo de la tuya. 

    No seria justo empezar nuestra última jornada de marcha - cierre de estos mil escuetos trazos de la costa gaditana - sin antes agradeceros, pacientes compañeros de viaje, la lectura de las etapas previas y haceros llegar la satisfacción que para mi ha sido el que me hayáis permitido ser parte de vuestra travesía.

    Hemos visto juntos ponerse el sol en lugares donde nuestra afición se mezcla hasta la raíz misma de la civilización; bajado sin vacilar escarpadas paredes cortadas a tajo por la magia de las olas; sentido como nos ha salpicado el milagro de la plateada escama en muchos de los rincones andados y tal vez, incluso en algún momento, hemos podido llegar a saborear a la vez el olor a sal que esta generosa tierra nos ha regalado a la linde de sus playas.

    Playas de Cadiz

    Pero, el final del camino se impone, y las costas de Tarifa reclaman por derecho propio ser telón de cierre. Las aguas de los Alemanes, del recóndito arroyo del Cañuelo y de la bella Bolonia se muestran orgullosas ante nuestra vista. Tomemos un último respiro, lo vamos a necesitar.

    Tarifa, historia, magia y pesca.

    Desde el principio de los tiempos algo hizo a los padres de nuestros padres detenerse en este mágico lugar. Sí en la antigüedad los primeros fenicios gaditanos ya adoraban al dios Salambobe (sal buena), fue en el siglo V a.C. cuando el garum gaditanum (salsa compuesta por la maceración en aceites y especies aromáticas, como no podía ser de otra manera en la Costa de las Almadrabas, de atún, bonitos, melvas y caballas) lo que permitió que el dominio romano destacara con nombre propio estas localidades en los confines del Imperio como exportadores de tan codiciado manjar. Asombrosamente, ayer y hoy, cuando son el turismo y la pesca quienes prestan su atenta mirada a este rincón, siguen haciéndolo bajo un mismo denominador común, la riqueza y belleza de sus costas y aguas.

    Los Alemanes, el Cañuelo y Bolonia. Tarifa nos reclama.

    Más allá de la urbanización de la Atlánterra, serpenteando por una carretera única en belleza trazada al filo del abismo y abrazada por la arenisca de los cabos de Gracia y de la Plata, dos kilómetros de arenas son custodiados de miradas ajenas. Los Alemanes, cuyo nombre se recoge por la rica colonia de centroeuropeos que escogieron esta zona para asentarse en los 60, será nuestra primera parada, ya en pleno término municipal de Tarifa.

    Playas de Cadiz
    La belleza de sus rincones nos atosiga miremos donde miremos. El Atlántico, poderoso, crea sus mil maravillas. Espuma y fuerza marcan el momento mágico del lance.

     

     

  •  
  • Eminentemente rocosa, su playa discurre paralela a grandes lajas y asentamientos rocosos que, a menos de cien metros de la orilla, se convierten en un espléndido cordón de protección de la rica fauna de las aguas del Estrecho.

    De nuevo nuestra experiencia, repetida hasta la saciedad, se confirma. Si hay cobijo para los más pequeños, si la roca aparece paralela a costa, sus guardianes estarán a la espera. Lubínas, chovas y, muy especialmente, bailas son fieles centinelas de este azul rincón de aguas atuneras.

    Playas de Cadiz

    Acunada entre Gracia y la Plata, huida de miradas extrañas. La playa de los Alemanes cuenta con legión de fieles seguidores.

    Un apreciado escondite para calar nuestras cañas, no demasiado lejos, durante las frías jornadas de los meses de enero y febrero cuando grandes robalos y bailas acuden en masa a costa alimentándose, golosos, tras el desgaste de la puesta. 

    Técnicas como el vivo; cebos como el choco fresco o la sardina y el complemento indispensable de buena ropa de abrigo donde cobijarse en estas lentas esperas, cuando el frío hace la noche tan intensa que las estrellas lucen como si fuese su primera vez, rara vez dejará a nuestros punteros sin el trance único, potente y sostenido, de la lucha con los grandes robalos.

    Pero no sólo en invierno se pesca en los Alemanes Durante todo el año sus ricas aguas reciben la visita de aficionados que, muestras en mano o cebando corto, restan brillantes ejemplares de sargos, verrugatos, bailas, chovas y doradas a estas azules aguas. Unas aguas que, de improviso, se cortan ante Cabo Gracia protegiendo uno de los paraísos terrenales que Cádiz ofrece.

    Escondido, tras su altanero vigía, un rincón mágico; un vergel único en toda la provincia, … el arroyo del Cañuelo, misterioso, salvaje y recóndito, se descubre ante nuestra vista.

     

    Fin de la hoja de ruta.

    Alcanzar la meta que nos marcábamos cuando tomamos por primera vez nuestras mochilas, ansiosos por conocer lo que parte del atlántico gaditano escondía, ahora, carece de toda importancia.

     

    El paraíso forma ya parte de nosotros y como todas las cosas realmente importantes en la vida, casi sin darnos cuenta, hemos descubierto que la única llave que lo abre es la certeza de saber que su mayor tesoro no se halla al final del trayecto sino que éste se derrama, soberbio y generoso, a lo largo de todo el camino.

     

    Playas de Cadiz

    Acunada por rincones de ensueño los Alemanes nos recibe y, custodiados tras Cabo Gracia, el Arroyo del Cañuelo y la bella Bolonia dirán adiós a esta ruta de pescadores andada por pescadores. Llegó la hora de saborear juntos nuestro camino por la última etapa. 

    Un final, que solo espera ser el comienzo de vuestra propia aventura.

    El Arroyo del Cañuelo, último paraíso virgen.

    Para nosotros, locos enamorados de la mar, contemplar lo sublime de un rincón huido de las manos del hombre siempre es motivo de satisfacción. Pero, cuando éste se encuentra custodiado por dos de los cabos más fructíferos en el mundo de la Pesca con mayúsculas, Camarinal y Gracia, lo situamos en el entorno envidiable de uno de los puntos más profundos del Estrecho y,  gracias a una bajada digna de aventura que discurre por un sendero casi impracticable que supera los cien metros de altura, se aleja de las rutas habituales de acceso para el gran público; nuestra satisfacción, no encuentra límite.

    Y así es, ni más ni menos, el punto hacia donde nuestras botas se encaminan. Flanqueado a su diestra por uno de los más bellos faros de nuestro litoral, el de Gracia y constituyéndose en universo propio, el arroyo del Cañuelo, con su poco más de quinientos metros de arenas brillantes se baña, acariciado por el pino y el brezo, en un azul único, profundo y magnífico.

    Playas de Cadiz

    El de Gracia, sobre almenara vieja,  guiño eterno hacia África

    Dejemos nuestro vehículo aparcado en el mirador de los Alemanes, a los pies del asfaltado repecho que nos llevará a la antigua almenara que asienta hoy su faro.

    Es hora de aliviar nuestra carga, ¡ hay que dejar atrás cuanto sobre de peso en nuestra vieja mochila !. Quinientos metros de asfalto se elevan sin fin y, quinientos metros de bajada rozando los límites de la cordura, nos esperan.  

    Continúa Leyendo »